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  • NOTAS E HISTORIAS EN SURCOS AZABACHE
Tasio Ochoa
 
Era sólo un niño cuando mi padre o mi hermano mayor me decían: “Cierra con cuidado la puerta, que estoy grabando una cinta”. Había un precioso y frágil disco negro brillando con el reflejo de la luz del salón, y girando sobre un pequeño eje metálico, con un brazo por encima que lo hacía sonar y que al más mínimo golpe podría saltar; era el vinilo.
Cuántos buenos ratos poniendo la música de tu vida con tus propias manos, cogiendo con mimo la aguja y soltándola sobre esos amigos circulares que contenían orquestas, al mismo Otis Redding o te contaban incluso cuentos por aquel entonces. Se apilaban ordenadamente en la estantería. Unos eran milímetros más altos que los otros, con personalidad, otros eran incluso dobles, olían a cartón y un poco a plástico y tinta, y se presentaban con grandes y cuidadas portadas, como pequeños cuadros. Los sacabas, y una hoja aparte, incluso a veces pequeños libros, contenían las letras de la obra y fotos en gran tamaño y a todo color del grupo. Requerían cuidado, mesura, ser limpiados con la almohadilla que estaba al lado del giradiscos. Te hacían recordar su valor, tanto el trabajo del artista, como el precio que habías pagado para tenerlo y disfrutarlo. Eso era la música para un oyente.
Años después, la modernidad, la tendencia, la moda, y demás palabras peligrosas, llevaron a estas maravillas al olvido. La gente se refería a los discos de vinilo con desprecio, incluso con sonrisa, como la sonrisa de un tonto. Muchos vendieron sus colecciones a tiendas de segunda mano, otros se los regalaban a familiares y los más inconscientes los dejaban al lado de la basura. Los huecos que dejaron los lp’s fueron ocupados por los discos compactos, compact disc o cd’s para los amigos de la reina de Inglaterra. Eran unos trozos de plástico, del tamaño de la palma de la mano, vacíos, fríamente digitales, desgraciadamente prácticos, plateadamente insulsos. Esas grandes portadas, diseñadas, incluso dibujadas a mano pensando en el vinilo, de repente se veían reducidas a un tamaño irrisorio, insultante. Pero claro, era el futuro, el cd venía para quedarse, y sin negar sus aspectos positivos, sólo resultó ser el Titánic de la música.
Llegaron los 2000, el cambio de década, el cambio de siglo, el cambio de milenio, el cambio de camiseta. Los huecos que en su día ocuparon vinilos, y luego cd’s, los ocupan ordenadores, y las nuevas generaciones lo único que pueden conocer de discos son los discos duros. Ahora, son los cd’s los que se muestran como un trozo de mierda entre los dientes. Los vinilos tenían siempre un hogar donde descansar, en cambio, ¿quién coño quiere un cd ?, efectivamente nadie, salvo los cuatro que realmente compran música sin importar el formato. Con todo esto, y los gorrones de las grandes discográficas, que llevaban décadas forrándose con la música, llorando lágrimas de cocodrilo, el cd empieza a parecer hasta aceptable al lado de una gélida pantalla de ordenador con carpetas de mp3, un pen-drive con la discografía completa de Led Zeppelin, o un ipod usado como antaño se usaban las minicadenas. En cierta manera, este “maltrato” a la música en formato original, no es más que una de las consecuencias de la banalidad con la que se trata hoy en día a todo.
Por desgracia, la época en la que los discos empezaban por la portada se acabó. El disco como una obra de arte en sí misma, aparte de ser una colección de canciones, ya no interesa en general. Ahora tenemos comida rápida para nuestros oidos, muñequitos.
Afortunadamente, en los últimos cuatro o cinco años, el preciado vinilo está de nuevo en las baldas de las tiendas. ¿Más por la vuelta de los 80 que por amor a la música?, seguramente, ¿más para llenar estanterías de snobs a los que les pone lo retro?, muy probablemente. Sea por lo que sea, los discos de color azabache han vuelto, y por la puerta grande. Se volverá a ir, y casi seguro que esa vez será para siempre de los grandes almacenes. Pero, cuando ya nadie se acuerde de los cd’s, cuando el iPod, el iPad y el iDiosmío sean considerados piezas desfasadas de otro tiempo, puedo asegurar que se seguirán cerrando puertas con cuidado porque cerca habrá un vinilo sonando.

    NOTAS E HISTORIAS EN SURCOS AZABACHE

    Tasio Ochoa

    Era sólo un niño cuando mi padre o mi hermano mayor me decían: “Cierra con cuidado la puerta, que estoy grabando una cinta”. Había un precioso y frágil disco negro brillando con el reflejo de la luz del salón, y girando sobre un pequeño eje metálico, con un brazo por encima que lo hacía sonar y que al más mínimo golpe podría saltar; era el vinilo.

    Cuántos buenos ratos poniendo la música de tu vida con tus propias manos, cogiendo con mimo la aguja y soltándola sobre esos amigos circulares que contenían orquestas, al mismo Otis Redding o te contaban incluso cuentos por aquel entonces. Se apilaban ordenadamente en la estantería. Unos eran milímetros más altos que los otros, con personalidad, otros eran incluso dobles, olían a cartón y un poco a plástico y tinta, y se presentaban con grandes y cuidadas portadas, como pequeños cuadros. Los sacabas, y una hoja aparte, incluso a veces pequeños libros, contenían las letras de la obra y fotos en gran tamaño y a todo color del grupo. Requerían cuidado, mesura, ser limpiados con la almohadilla que estaba al lado del giradiscos. Te hacían recordar su valor, tanto el trabajo del artista, como el precio que habías pagado para tenerlo y disfrutarlo. Eso era la música para un oyente.

    Años después, la modernidad, la tendencia, la moda, y demás palabras peligrosas, llevaron a estas maravillas al olvido. La gente se refería a los discos de vinilo con desprecio, incluso con sonrisa, como la sonrisa de un tonto. Muchos vendieron sus colecciones a tiendas de segunda mano, otros se los regalaban a familiares y los más inconscientes los dejaban al lado de la basura. Los huecos que dejaron los lp’s fueron ocupados por los discos compactos, compact disc o cd’s para los amigos de la reina de Inglaterra. Eran unos trozos de plástico, del tamaño de la palma de la mano, vacíos, fríamente digitales, desgraciadamente prácticos, plateadamente insulsos. Esas grandes portadas, diseñadas, incluso dibujadas a mano pensando en el vinilo, de repente se veían reducidas a un tamaño irrisorio, insultante. Pero claro, era el futuro, el cd venía para quedarse, y sin negar sus aspectos positivos, sólo resultó ser el Titánic de la música.

    Llegaron los 2000, el cambio de década, el cambio de siglo, el cambio de milenio, el cambio de camiseta. Los huecos que en su día ocuparon vinilos, y luego cd’s, los ocupan ordenadores, y las nuevas generaciones lo único que pueden conocer de discos son los discos duros. Ahora, son los cd’s los que se muestran como un trozo de mierda entre los dientes. Los vinilos tenían siempre un hogar donde descansar, en cambio, ¿quién coño quiere un cd ?, efectivamente nadie, salvo los cuatro que realmente compran música sin importar el formato. Con todo esto, y los gorrones de las grandes discográficas, que llevaban décadas forrándose con la música, llorando lágrimas de cocodrilo, el cd empieza a parecer hasta aceptable al lado de una gélida pantalla de ordenador con carpetas de mp3, un pen-drive con la discografía completa de Led Zeppelin, o un ipod usado como antaño se usaban las minicadenas. En cierta manera, este “maltrato” a la música en formato original, no es más que una de las consecuencias de la banalidad con la que se trata hoy en día a todo.

    Por desgracia, la época en la que los discos empezaban por la portada se acabó. El disco como una obra de arte en sí misma, aparte de ser una colección de canciones, ya no interesa en general. Ahora tenemos comida rápida para nuestros oidos, muñequitos.

    Afortunadamente, en los últimos cuatro o cinco años, el preciado vinilo está de nuevo en las baldas de las tiendas. ¿Más por la vuelta de los 80 que por amor a la música?, seguramente, ¿más para llenar estanterías de snobs a los que les pone lo retro?, muy probablemente. Sea por lo que sea, los discos de color azabache han vuelto, y por la puerta grande. Se volverá a ir, y casi seguro que esa vez será para siempre de los grandes almacenes. Pero, cuando ya nadie se acuerde de los cd’s, cuando el iPod, el iPad y el iDiosmío sean considerados piezas desfasadas de otro tiempo, puedo asegurar que se seguirán cerrando puertas con cuidado porque cerca habrá un vinilo sonando.

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    Tasio Ochoa // Musica // Vinilo //
    hace 7 meses